¿De dónde partir como educador? .
Una pregunta de una respuesta tan sencilla como se quiera extender, porque la educación es tan compleja como nuestra imaginación, es decir, en la medida en que estamos abiertos a las posibilidades; a crear y recrear nuestro sentido de abstracción y concreción podemos generar ideas, utopías que impulsen nuestro ser y nuestro hacer, porque antes que cualquier cosa, incluso antes de conocerse a sí mismo -lo cual es de primordial importancia- se encuentra el estar dispuestos a crear y recrear aquello que nos rodea iniciando por nosotros mismos.
Para educar, para estar abiertos hacia el otro y transformar la acción en un nosotros, se requiere conocerse antes de compartir, se requiere tener claro nuestro propósito educativo, se requiere -en el reconocimiento del encargo social que adquirimos como profesionales de la educación-, reconocer en ese otro, un ser humano emotivo que siente, que piensa, que confía, que tiene expectativas y que espera del docente... ¿qué espera del docente? ¿que le de conocimientos? ¿acaso que le de un reconocimiento como su igual refiriéndonos al género y especie? ¿que le enseñe a crear? ¿que le de un trato cosificador? Además del discente es el propio docente quien debe tener las respuestas adecuadas a éstas y otras interrogantes.
Ser educador implica mucho más que esto, pero corresponde a cada uno encontrar el camino a seguir.